diumenge, 13 de desembre de 2009















¿Por quién gritaba?
Lo sé y tú no
no preguntabas,
tú nunca, no.

Después de que el cansacio se haya apoderado de mí, puedo decir muchas cosas. El dolor de todo es compensable cuando sabes que es gracias a miles de pequeños momentos del día de antes.

La mañana amaneció con fuerza y sin cacaolat. Hacía frío y fuí al estanco. Cogí el teléfono y un cubo de agua fría cayó encima mio. ¡ZAS! Grité en silencio, pero no me sirvió de nada. Un señor con aspecto de yonki me sonríe, mientras le cuenta algo a su hijo. Pero como dice la canción
cada nube es un plan, se transforma al viajar, y eso ocurrió. Cada diez metros, habían nubes diferentes y miles de planes posibles.

¡La gran ciudad! Mi lugar favorito en el mundo. Un paso tras otro, unos ojos y una sonrisa nueva para mi memoria. Al rato una buena indigestión sin origen aparente ¿Cacaolat, picante, agua? Y te ves en el suelo, con las piernas que no te aguantan y las luces de Navidad encima tuyo. Recuerdas la vez que con las luces de Navidad empezó a nevar, o la vez que encendieron las luces de Navidad y creías que te miraban a tí. Vuelves a mirar hacía bajo y ves miles de personas arriba y abajo. Piensas en la multitud de finales alternativos que podría haber tenido esa tarde. Pero en el tren, consigues sorprenderte al ver una mujer vikinga.

Al llegar a casa, sin ganas de nada, saco el CD de mi bolso, y sin pensarlo dos veces lo pongo en el reproductor. No podría haber escogido un mejor momento, la verdad. Tranquilidad.

Y de golpe y porrazo, sin saber como pero si porque, me encuentro en un gran espiral de vagancia encima de mi cama abrazandóte mientras tengo ganas de llorar y pegarte a la vez. Escuchas mi organismo. Pum, pum, pum. Paz.
Y no pesa y se va. Somos nubes, no más.


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